El “Hermano Rodolfo”, un hombre de fe

Rodolfo Valentín Violante, el “Hermano Rodolfo”. (Fotos: Tomás Pagano)

Cuando la vida golpea, cuando el camino se hace muy cuesta arriba y las enfermedades, traumas, angustias o dolencias ciegan toda posibilidad de vislumbrar un futuro venturoso, la gente se aferra a cualquier posibilidad de salvación, sobre todo si lo que está en juego es la vida. ¿Qué hacer en esos casos? Muchos olavarrienses encuentran la posibilidad de sanarse, equilibrarse y volver a sentirse en paz por intermedio del “Hermano Rodolfo”, un hombre de fe cuyo presente dio un giro realmente inesperado cuando sorpresivamente se le presentaron dos ángeles y le dijeron que “Jesús lo había elegido porque tenía un buen corazón”. Te invitamos a conocer su llamativa historia.

En líneas generales, en Está Bueno no somos de planificar las entrevistas. Dejamos que la vida nos sorprenda. Esta vez el dato que nos movió a la acción vino de la mano del psicólogo Alejandro Lacoste, quien nos comentó que había conocido a un hombre muy particular, al que estaría bueno entrevistar para que más gente lo conozca, tanto por el servicio que brinda como por su forma simple y sincera de expresarse.

Lo que nos dijo nos resonó, y sentimos ir a conocerlo. Tres días más tarde nos encontrábamos tocando timbre en una casa sencilla y humilde, ubicada sobre la calle Estrada 2528, a media cuadra del Hospital Municipal.

“Pasen hermanitos, el portón está abierto”. La voz pausada y con tono cálido era la del olavarriense Rodolfo Valentín Violante, el “Hermano Rodolfo” como todos los llaman, quien a primer golpe de vista nos sorprendió por su manera de vestir; quizá porque tontamente prejuzgamos que el hombre al que algunos, por lo bajo, tildan de “curandero” o “sanador” luciría con algún toque místico o chamánico, que en nuestro mundo imaginario bien podría traducirse en una túnica, varios collares o una vincha. Sin embargo, nada que ver. Rodolfo tenía puesta una camisa a cuadros, un clásico jean azul, calzaba zapatillas, portaba anteojos y estaba prolijamente afeitado.

Habíamos quedado en que a las 10 de la mañana pasaríamos a charlar, sin ningún compromiso, y que si él se sentía a gusto publicaríamos lo que habláramos. Hicimos esa salvedad porque cuando lo llamamos para acordar el encuentro nos había dicho que nunca le habían hecho una entrevista, y que su lenguaje era muy simple, pero que si no lo apurábamos podríamos conversar.

Cuando ingresamos al espacio en donde atiende a la gente, no nos llamó tanto la atención las imágenes religiosas sino la gran cantidad de papeles, con nombres y símbolos extraños, que estaban en su escritorio junto a una biblia. Mentalmente agendamos ese dato para más adelante.

“Acá todos los días viene gente enferma, y con muchos problemas, y yo le rezo a Jesús para que todos estén bien, sin pedirles nada a cambio”, dijo Rodolfo al comienzo de la entrevista.

“¿Cómo fue que llegaste a optar por esta forma de vida?”, le preguntamos. “Me pasaron cosas raras hermano, cosas que no tienen explicación y que en su momento llevaron a que personas de mi entorno cercano dijeran que me estaba volviendo loco”, destacó.

Le pedimos que ahondara más sobre ese punto. “Hace muchos años -recordó- cuando era muy joven, algunos compañeros de trabajo y amigos se me acercaba y me contaba lo que les pasa y yo les decía que iba a orar por ellos. Algunos me miraban y se me reían, y me llamaban `loco´ por eso que hacía. En ese entonces trabajaba en Cerro Negro, en la parte de la esmaltadora, pero no me sentía a gusto, así que un día le dije al jefe de personal que ya no iba a trabajar más, pero él me convenció. Me dijo que era una época difícil para volver a conseguir trabajo, así que seguí un año y medio más. Hasta que una madrugada, en la época de Raúl Alfonsín, antes de que finalizara mi turno, cuando me quise dar cuenta había hecho abandono de trabajo y me encontraba caminando por la Ruta 226 en dirección a la ciudad”.

“Era pleno invierno y casi no pasaban autos -agregó-. Antes de llegar al puente Emiliozzi, sentí como que me venían siguiendo y me asusté, así que de tanto en tanto miraba para atrás. En ese tiempo, en esa zona había muy poquita luz. En eso, cuando casi estaba por subir al puente, miré de nuevo para atrás y al volver la vista al frente me impactó que de la nada aparecieron dos seres totalmente vestidos de blanco. Sentí que eran ángeles. No pude verles la cara porque llevaban túnicas con capuchas, de un color blanco, medio raro, que en cierto modo encandilaban”.

“Al principio me asusté, porque no me hablaban -destacó-. No pronunciaban palabra alguna. Pero, en eso, el que estaba ubicado sobre el borde de la ruta me hizo entender, como si fuese telepáticamente, que `Jesús me había elegido porque tenía un buen corazón´. No me dijeron nada más. Yo sólo me quedé mirándolos entre asustado y asombrado, y así como vinieron de la nada, de la nada también desaparecieron. Fue algo tan rápido, tan desconocido para mí, hermano, que durante varios días ese hecho me perturbó, y también hizo que me cuestionara sobre si realmente no estaba comenzando a desequilibrarme”.

Ese singular episodio aconteció en el año 86, cuando Rodolfo tenía 24 años, y generó un quiebre en su vida, que lo llevó a tomar la firme decisión de renunciar al trabajo para iniciar un largo camino de servicio, que no sólo lo hizo un hombre más sensible, sino aún más permeable al sufrimiento y las necesidades de los demás. “Hoy, a los 55 años, siento que eso que viví fue un encuentro celestial, y que por más que sentí miedo, lo viví como algo hermoso. Sé que no tengo pruebas para demostrar lo que me sucedió, pero ese hecho transformó mi vida, hermano”.

Luego de escucharlo, lo primero que atinamos a preguntarle fue de qué modo siguió adelante. Rodolfo nos miró, hizo una breve pausa y dijo: “En esa época hablé muy poco sobre lo que me pasó y sobre lo que hacía, porque me dolía que la gente me tildara de `curandero´ o `brujo´. Esas cosas a mí me partían el corazón. No sabés cuántas veces he llorado por esas cosas, porque yo no soy nada de eso. Tampoco jamás me hice llamar `sanador´. ¿No puedo simplemente ayudar a la gente rezando, qué tiene eso de malo? En ese entonces yo no sabía qué hacer, ni cómo seguir, así que constantemente oraba y decía: `¿Señor, cómo hago?´. Y así fui encontrando mi modo de ayudar”.

“A partir del hecho celestial que viví mi fe se acrecentó, porque yo me había desviado mucho del camino. Ahora siento que cada vez me voy encaminando más. Yo soy pecador como somos todos, y no tengo nada que ocultar, por eso me muestro tal cual soy, con mis virtudes y defectos. Sé que voy a seguir cometiendo errores, como todos, porque soy humano, pero nunca viviré a la gente, tampoco la engañaré ni me pondré al servicio del mal”, agregó, tras pedirnos permiso para encender un cigarrillo.

Como aún seguíamos intrigados por los papeles con diferentes nombres, redondeles, cruces y puntos, que estaban sobre su escritorio junto a la biblia, le preguntamos si había alguna relación entre eso y su manera de ayudar. “Sí, hermano. Casi sin proponérmelo me di cuenta que de esa manera sencilla podía saber qué enfermedad o problema tenía la gente”, expresó.

“Cuando viene una persona le hago escribir, por única vez, su nombre completo en un papel y luego paso mi mano sobre las letras y voy haciendo estas marcas sobre el papel, que incluyen rectángulos, líneas, cruces y círculos, y de esa manera voy viendo diferentes aspectos de la persona. Yo no puedo saber o ver todo, por eso lo que yo no sé me lo tiene que hacer saber la gente para que yo puede pedir por ellos. Lo que también hago, además de rezar con mucha fe, es imposición de manos en las zonas afectadas, y también recibo información simplemente mirando el contorno del cuerpo de las personas, porque todos somos seres de luz. Si la energía no corre bien por todo el cuerpo es porque la persona está encubando una enfermedad, eso se nota porque la energía se corta. Eso puedo verlo y me ayuda, también, a confirmar qué zona tiene afectada la persona que viene a realizar una consulta”, explicó.

“Hay gente que también viene para ver si les ayudo para hacerle mal a alguien -sostuvo-. Cuando eso sucede yo le digo a Jesús: `No puede ser señor, no puede ser que sean tan malas las personas´. Incluso una vez se presentó un hombre que vino muy apurado, llevándose todo por delante, y me puso sobre la mesa dos fajos grandes de billetes con la intención de que le haga mal a otra persona para poder cobrar un seguro de vida. Lo invité a retirarse cuando me dijo `si no lo hacía porque quería más plata´. Se enojó y me insultó, así que le pedí a un hermano de corazón, que aguardaba ser atendido que, por favor, lo acompañara hasta el portón”.

“Yo le tengo mucho respeto a Jesús, por eso siempre voy por derecha. Si tengo para comer, tengo. Y si no me da lo mismo”, agregó. Y también consideró muy importante aclarar: “Yo no curo a nadie, quien cura es Jesús. Yo sólo le rezo de corazón, y en caso de ser necesario pongo las manos para que por mi intermedio Jesús obre para que las personas sanen. Pero te repito, yo no curo a nadie. La sanación viene de arriba, quien cura es Jesús con su bendición celestial. Yo sólo soy un instrumento”.

Hubo un dato muy particular que nos llamó la atención. “A la noche, cuando todos se van o cuando estoy solo, me arrodillo en cualquier lado y rezo. Cuando lo hago, por mi mente van pasando las imágenes de todos los que vinieron y los que no vinieron también. Es como si los fuese viendo en fotos, y en la medida en que los voy visualizando pido por todos ellos”, destacó Rodolfo.

“Yo me siento muy feliz de poder ayudar a la gente, y también me pongo muy contento cuando vienen y me dicen que les van a repetir los análisis porque ya no les encuentran nada. Uno sin fe no es nada, hermano. Yo tengo mucha fe. Cuando los familiares vienen desesperados a buscarme porque les dicen que ya no se puede hacer nada más, yo siempre digo: ´Ten fe, hermano´, porque con fe todo se puede. Sé que a veces, por más que rece, la gente se muere igual, y eso me causa un gran dolor, pero tengo en claro que no soy yo el que decide. Yo sólo hago mi parte, rezó y pido con mucha fuerza y profunda fe, pero lo que sucede nunca depende de mí, porque yo no soy capaz ni de sanarme a mí mismo”.

“La muerte es parte de la vida -indicó-, por eso nadie debería tenerle miedo. Todos estamos de paso. Estamos acá para aprender y para amarnos. Ya lo decía Jesús: `ámense los unos a los otros, así como yo los he amado´, porque todos somos hermanos. Entre todos nos tenemos que ayudar para que no exista tanta maldad ni tanto dolor en el mundo”.

¿”Cómo fue que la gente comenzó a llegar en busca de ayuda?”, le preguntamos. “La gente empezó a venir a verme por medio del boca a boca. Si bien hay días que acá adentro está lleno y hay gente esperando afuera, por lo general vienen unas 8 personas por día. Yo recibo gente todos los días, no me tomo feriados ni fines de semana, aunque a veces no estoy porque me vienen a buscar hermanos de Laprida, La Madrid, Azul, Tapalqué y Las Flores para que haga lo mismo que hago acá”, comentó.

Rodolfo también nos dijo que “cuando comencé atendía todo el día. Como antes no tenía portón, la gente simplemente golpeaba las manos y pasaba a cualquier hora, hasta que uno hermano me dijeron que tenía que ponerme un horario porque de lo contrario no disponía de tiempo libre ni para comer tranquilo. Así que ahora atiendo a partir de las cinco de la tarde, y por orden de llegada”.

Quisimos saber un poco más sobre su vida, por eso le preguntamos qué recordaba de su infancia: “De mi infancia casi no tengo recuerdos -manifestó-. Yo tengo 8 hermanos (5 varones y 3 mujeres), y mis padres se separaron cuando éramos muy chicos. A nosotros nos crió mi papá, que era albañil y nos daba lo que podía. Así que tuvimos una infancia bastante dura y pasamos necesidades, de ahí que hoy comprendo muy bien lo que siente la gente humilde y con necesidades que viene a verme”.

“¿Qué casos te llegan?”, sentimos preguntarle. “Acá viene gente de todas las edades y con diferentes tipos de casos. Llegan personas con cáncer, problemas de adicciones, ganas de no vivir más, problemas de pareja, gente angustiada, gente que está arrepentida del mal que he hecho… me encuentro con todo tipo de casos. Debo reconocer que a veces me cargo mucho con los problemas de la gente, pero mi forma de volver a sentirme armonizado es por medio del rezo”.

“Acá todos los días aprendés cosas nuevas y nunca dejás de sorprenderte. En una de las últimas consultas que atendí, le dije al muchacho que vino que se hiciera un té de ruda en su casa y que revisara cuando vaya de cuerpo porque algo iba a despedir. Como siempre digo la verdad, le expliqué que yo no podía saber todo, y que por eso no podía decirle qué cosa despediría. Unos días más tarde, me llamó asustado y me dijo que había despedido una bola de pelos; él ahora anda bien e incluso cambió su ánimo porque antes de venir a verme le salía todo mal”, comentó.

“Siempre lo primero que le pregunto a la gente cuando viene a verme es si fueron a consultar a un médico o si se hicieron un chequeo previo -sostuvo-, porque la medicina es una gran aliada, sobre todo con los adelantos que hay ahora. Por eso también siento que sería lindo que en las clínicas y los hospitales se incorpore todo lo que tenga que ver con lo espiritual. Sería algo hermoso que eso sucediera, porque muchas veces las respuestas que la gente no encuentra en la medicina o en la psicología las encuentra en lo espiritual, y se cura”.

“Yo no descreo de la medicina -afirmó-, por eso cuando la gente viene y me dice que el médico le diagnosticó cáncer no cuestiono nada, ni les hago perder el tiempo. Enseguida me pongo a pedirle a Jesús por su sanación. Y en esos casos, que son graves, hago que vengan a verme durante tres días consecutivos, porque son personas que requieren una mayor atención”.

Con respecto a su forma de proceder, Rodolfo fue bien claro: “Sé muy bien qué tengo que hacer y qué cosas no tengo que hacer, por eso siempre voy con la verdad. Yo no podría jugar con los sentimientos de las personas, y sabiendo que alguien se está por morir decirle: `¿Vos te querés sanar?, entonces traeme tal cantidad de dinero´. Eso sería engañar a la gente. Y en honor a la verdad a la gente se la puede engañar, pero a Jesús no; él siempre está viendo todo. Por eso yo sólo quiero apoyar mi pelada en la almohada y dormir tranquilo, sintiéndome bendecido por Jesús, porque yo admiro su vida de servicio y todos los milagros que hacía. Sé que no le llego ni a los talones, pero, dentro de lo que puedo, intento recorrer su camino”.

¿”Hay alguna cosa que no te gusta o te molesta de la gente que viene a consultarte?”, le dijimos: “A mí lo único que no me gusta, y se lo aclaro a todos los que vienen, es que se vayan a tirar las cartas, porque a eso Jesús lo asocia con la brujería. Por más que a veces la gente me mienta, porque se enteran de que esas cosas no me gustan, a mí me sale en los símbolos que hago sobre el papel si la persona se fue a tirar las cartas. Yo sólo les recomiendo que no lo hagan, pero después eso queda librado a lo que quiera hacer cada uno, porque nunca impongo nada. Sólo sugiero”.

Como es mucha la gente que pasa por su casa en busca de ayuda, le preguntamos también si hubo casos que lo movilizaron más que otros. “Sí, hubo varios -indicó-. Dentro de los que más recuerdo está el caso de Rocío, la hija de un policía de Olavarría, a la que cuando la trajeron no la podíamos tener y largaba espuma por la boca e incluso cuando le pedía que se acercar a donde estaba la Virgen era como si alguien la corriese hacia atrás. Ella estaba poseída por un demonio pero se curó y ahora está bien”.

“También me movilizó el caso de una chica que vivía en el campo, que a los 8 años había perdido la voz y ya estaba por cumplir sus 15. Los padres la hicieron ver por los médicos y no le encontraban nada, y desconocían el motivo por el cual se había quedado sin habla. Su tía un día vino a verme. Me contó que los padres de la chica no eran creyentes, y sentí decirle que la traigan que quizás Jesús les tocaría el corazón haciéndola hablar, y el primer día que la chica vino a verme salió hablando. Los padres se abrazaban y lloraban. Yo sólo les recordé que al único que tenían que agradecerle era a Jesús, porque había sido una gran bendición. Los casos así te llenan el alma”, puntualizó.

Al darse cuenta de que nos llamaba la atención los juguetes que estaban detrás suyo, Rodolfo sonrió y nos explicó que no formaban parte de nada vinculado a las consultas, y que ocasionalmente estaban ahí porque tiene un hijo de 4 años, que se llama Tomás Valentín.

Con respecto a su forma de ser, Rodolfo dijo: “Soy un tipo de perfil bajo. No me interesa que la gente me publique agradecimientos. A mí me basta con que Jesús me escuche. Yo siempre voy a lo sencillo, porque a la gente que viene, que es pobre como yo, no le puedo andar con palabras difíciles porque no entiende, ya que es gente que en su mayoría no ha ido a la escuela. Por eso me fui acostumbrando a explicar las cosas de manera fácil y entendible. Yo les digo: `Mirá hermanito cuidate, si seguís así no creo que llegues a tal edad´. Después está en cada uno ver si modifica ciertos hábitos o no”.

“Muchos destacan que tengo una forma muy especial de escuchar y de mirar a las personas -prosiguió-, pero eso no lo sé. A mí sólo me importa que la gente que vino angustiada y triste, se vaya tranquila. Por eso cuando me llaman para decirme que andan re bien les digo: `Dale gracias a Jesús´, porque eso es lo que realmente importa”.

Como a cada rato mencionaba la palabra “hermano”, le preguntamos qué sentía al pronunciarla. “A todos les digo `hermanos´, porque así los siento. Somos todos hermanos. Acá viene gente que va a la Cosecha Mundial, a la iglesia evangélica y también vienen católicos y gente que no profesa ninguna religión, yo los recibo a todos sin hacer distinciones. Siempre les digo `gracias por venir´ y dejo que cada uno vaya por el camino que sienta, porque todos tenemos libre albedrío”, respondió.

Por último, a  modo de cierre, le preguntamos si había algún sueño o anhelo que le gustaría cumplir. “Mirá, en esta casa humilde yo siento la presencia de Jesús, y eso también la gente lo percibe, por eso me dicen: `Rodolfo, ayer salí con una paz de tu casa´. Muchos afirman lo mismo, y eso es porque acá no hay maldad. No está en mi corazón hacerle el mal a la gente. Por eso a mí me gustaría poder contar algún día con un espacio más grande, como si fuese una capillita, a donde simplemente la gente pueda venir a rezar y sentirse bien”.

Le dimos un abrazo, le agradecimos por su tiempo y mientras nos acompañaba hasta la puerta de entrada le tomamos las últimas fotos. También sonreímos al saber que contábamos con su aprobación para reproducir lo que habíamos charlado.

Ahora bien, a esta altura de la historia que te acabamos de narrar, posiblemente habrá quienes descrean de su testimonio y puedan suponer que el “Hermano Rodolfo” está loco, que es un chanta o tal vez un aprovechador. En nuestro caso la impresión fue la de haber estado en presencia de un hombre, de buen corazón, que se muestra tal cual es y no se sube a ningún pedestal. Sentimos que estuvimos frente a un hombre sincero, que lleva una intensa vida de servicio, que se traduce en incontables horas de escucha, contención, aliento y rezos, con el firme propósito de ayudar a que se pongan de pie y sonrían los que más sufren y los que menos tienen.

Esa es una tarea que no todos se animan a realizar. Por eso… cuando la vida golpea, cuando el camino se hace muy cuesta arriba y las enfermedades, traumas, angustias o dolencias ciegan toda posibilidad de vislumbrar un futuro venturoso, qué importa si las respuestas, la sanación o las ganas de seguir viviendo de una manera más sana y armónica vienen de la mano de Jesús, Buda, Mahoma, Krishna, la Virgen, una nube, un colibrí, una estrella o el aroma de una flor. Todo proviene de una misma fuente. Sólo es cuestión de abrirse, dejar los prejuicios de lado y sentir la particular manera que tiene la existencia para hacernos llegar lo que estábamos necesitando.

Lo que sí importa, y Está Bueno destacar, es que más allá de cualquier creencia religiosa o diferencia ideologica podamos convivir, como verdaderos hermanos, en un mundo en donde la paz sea la única bandera y se borren todas las fronteras que alientan la desunión.

Es tiempo de unidad, fraternidad y reencuentro. Es tiempo de dejar que vuele el corazón. Es hora de volver a sentirnos seres bien humanos, y en ese sentido Rodolfo Valentín Violante hace un muy valioso aporte, porque alienta a recorrer el camino de la luz sin olvidar que todos estamos de paso. Hoy te presentamos al “Hermano Rodolfo”, un hombre de fe que siente, en Jesús, el camino del amor, y recibe a todos con los brazos abiertos y una franca sonrisa.

Rodolfo Valentín Violante, el “Hermano Rodolfo”. (Fotos: Tomás Pagano)

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