Remontando vuelo

Los pequeños gestos, cuando se emprenden con amor, liberan un inmenso torrente de armonía, paz y belleza que ilumina el mundo. Todos tenemos ese hermoso poder de alumbrar, sólo es necesario dejar que nuestra sabiduría interna se exprese. Te decimos esto porque hoy te vamos a contar de qué manera María Elena Giaquinta, a quienes muchos olavarrienses conocen como “La Tomata”, se animó a seguir la voz de su corazón y marcó la diferencia en la vida de un pequeño colibrí, que estaba a punto de morir y ahora va por la vida remontando vuelo.

Sabido es que en los pequeños gestos se ve la grandeza de cada persona. Y que son esos pequeños gestos los que generan grandes cambios, porque nos guían hacia una dimensión más humana y sutil, por eso consideramos que Está Bueno difundir esta historia, que tiene como protagonistas a María Elena y a un bello colibrí, sobre el cual sentimos adelantarte que se cruzó en su camino de vida, con la excusa de necesitar auxilio, para ayudarla a sanar y recordarle la importancia de soltar, para emprender vuelo. Bienvenidos a disfrutar del mágico juego de la vida, en donde las sincronicidades, las señales y la intuición forman parte de un nuevo lenguaje que el corazón bien conoce : )

Nos enteramos de lo sucedido por medio de Marcelo Kheler (fotógrafo de El Popular Medios), quien nos llamó para comentarnos que en Facebook había leído sobre una hermosa historia que merecía contarse, así que seguimos su consejo.

“Hace quinces días, a las once y media de la mañana de un lunes, llegó mi mamá (`Kela´ Valdi) desesperada, con las manitos cerraditas y me dijo: `Mirá María lo que te traje´. Cuando abrió sus manos vi que traía un colibrí que estaba totalmente deshidratado y en la cola le faltaban dos plumitas, así que lo que primero hice fue un preparado con agua hervida y miel, y por medio de una jeringuita empecé a dárselo, y vi que se desesperaba por tomar”, comenzó narrándonos María Elena en su departamento del microcentro, quien al presentarse mencionó que “muchos me dicen `La Tomata´, gracias a mi querido hermano Mario, a quien todos conocen como `El Tomate Giaquinta´ ”.

“Mi mamá lo encontró justo en la puerta del edificio (Vicente López 3173). Ni bien ella bajó del auto lo vio tirado junto al cordón, y enseguida lo auxilió porque sólo podía mover la cabecita. Como el colibrí llegó con los ojos cerrados, ni bien lo pude hidratar me conecté a internet para ver de qué se alimentaban los colibríes pichones, porque era muy chiquitito. Ahí me enteré que se le podía hacer un preparado con Gerber de pollo (que contiene proteínas), pero eso fue algo que jamás pude conseguir, así que le hice un preparado con manzanilla, que se usa como analgésico por si tenía alguna alita rota o algún problema. En realidad el preparado que le hice tenía miel, agua y té de manzanilla, y cada dos horas lo estuve alimentando por medio de la jeringa, y también le daba una clara de huevo semicocida, bien pisada, que quedaba como si fuese una pastita”, explicó. Y agregó que “al principio para que probara la comida me la ponía en el dedo, y el colibrí se fue acercando cada vez más hasta que metió el pico dentro de la jeringa, que tenía el alimento que le había preparado”.

Con respecto a lo que se sintió ni bien interactuó con tan pequeña ave, María Elena dijo que “es increíble tener un pichón de colibrí, porque su tamaño no sobrepasaba la palma de mi mano. Me llamó la atención saber que los colibríes no tienen tiene olfato, y es sorprendente el tamaño de la lengua, porque su largo es el doble del tamaño del pico, y es bien traslúcida”.

“Durante los quince días que pasé con él, lo alimenté cada dos horas; y como yo tengo dos perros, que se llaman `Vida´y `Lola´, lo puse dentro de una cajita de zapatos para que estuviese protegido, y adentro le coloqué una toallita de algodón, porque los nidos de los colibríes son muy suavecitos”. Así, María Elena nos fue narrando, con muchísima felicidad y ternura, cada uno de los pasos que fue dando para ayudarlo a recuperarse.

“Durante la primera semana al colibrí le costó muchísimo mover sus alitas, pero en la medida en que fueron pasando los días fue tomando mayor fuerza. Por eso decidimos ponerle dentro de la caja una ramita para que se fuese sujetando, ya que durante los primeros días siempre estuvo sentado y nunca se paró. Poco a poco empezó a subirse a la ramita y empezó a mover las alas”, recordó.

Cuidar al colibrí demando una atención de tiempo completo y también implicó tener en cuenta posibles incidentes. “Como una de mis perras, que se llama `Vida´, estaba muy celosa, lo que hacía cuando tenía que salir era poner al colibrí en el lavadero, donde le había hecho una especie de jaulita para protegerlo, ya que todavía no volaba”, mencionó.

El fruto de su constante ayuda no se hizo esperar, pero de todos modos requirió dar unos pasos extras: “Como ya había mejorado, la semana pasada fui hasta la casa de mi amiga Marisol Santos, que tiene un parque con mucha vegetación, así que me tomé el trabajo de llevar el colibrí y dejarlo en los árboles y quedarme a su lado porque aún no tenía fuerzas como para salir volando, y tenía miedo de que lo agarrara algún gato o perro y se lo comiera. Siempre intenté ayudarlo pero tratando de tocarlo lo menos posible, porque también había leído que sugerían no tocarlo mucho para evitar transmitirle microbios, por eso también busqué respetarlo en ese aspecto, pero a veces no quedaba otra y tenía que auxiliarlo agarrándolo, porque cuando intentaba volar se caía. De todos modos, lo trataba con muchísimo cuidado porque era muy chiquitito”, indicó.

Nos llamó la atención la cantidad de horas diarias que le dedicó al colibrí, por eso le preguntamos cómo hacía para disponer de tanto tiempo libre: “Justo se dio que por estos días tuve mucho tiempo libre porque no estoy trabajando, ya que en unos días más me voy a ir a vivir al Sur, más precisamente a Ushuaia, junto con mi amiga Fernanda Bravo, así que podía dedicarle todo mi tiempo a cuidarlo y alimentarlo”.

“Para ayudarlo a que se recupere lo antes posible, una de las cosas que hacía era juntarle florcitas para que se alimente con néctar, y eso era algo apasionante de ver. Además, yo le ponía el dedo y el colibrí se subía y podía andar con él por todos lados, como si fuese una mascota. Eso era algo que me sorprendía. También aprovechaba y le hablaba muchísimo. Le decía que lo primero que quería para él era que pudiese volar, pero que para eso tenía que tomar fuerzas, porque su vida era eso, volar. El tipo mi miraba y me inclinaba la cabecita tal como si le estuviese hablando a un perro o a un ser humano, y yo sentía que me entendía”, relató.

“Además, cuando lo dejaba en alguna planta y le hablaba, el colibrí me cantaba para hacerse ver dónde estaba -agregó-, y yo lo iba a buscar y lo volvía a poner sobre las flores. Y por las noches lo ponía en un lugar oscuro y calentito, porque así lo sugerían en Google otras personas que habían tenido experiencias similares”.

María Elena hizo  todo lo que estuvo a su alcance para ayudarlo en su recuperación. “Cada día de la última semana que pasamos juntos lo acompañé hasta el parque de la casa de mi amiga y lo empecé a dejar un poco más suelto, y siempre volvía al mismo lugar. El día que le tomé la última foto, mientras lo tenía sobre mi dedo, le dije: `Hoy te dejo, y tenés que volar´. Y a las tres horas volví y ya no estaba. Al  principio me desesperé, pensando que le podía haber pasado algo malo, y preguntaba en voz alta: `¿Dónde estás, dónde estás?´ Pero enseguida recordé que a un animalito así no lo podés tener en cautiverio, por eso hay que hacer todo lo posible para que lo antes posible retome su vuelo”.

“En la medida en que fui relatando por Facebook lo que estaba viviendo, la gente se compenetró muchísimo con la historia -sostuvo-. Además, cuando mi mamá me trajo al colibrí, una de las primeras cosas que hice fue sacarle una foto y subirla pidiendo que, por favor, me ayudaran a mantener con vida al colibrí. Lo primero que me dijeron es que le diese agua con azúcar, pero como para mí resulta muy pesada, tomé un poco de miel y la diluí en agua caliente como para que sea más suave de tomar”.

María Elena ayudó a que el colibrí pudiese volar, y la que ahora está a punto de volar en pocos días es ella, porque se avecina una nueva y formidable etapa en su vida. “Mi hija Martina el domingo pasado se fue de mochilera hasta México con su novio, mi hijo Matías hace tres años está viviendo México, y dentro de 15 también es mi tiempo de partir, porque fui 10 días a conocer el Sur de la Argentina y me atrapó. Por eso ahora me voy a vivir a Ushuaia, ya que hice contacto con la dueña del Cerro Castor y voy a ir trabajar ahí, en la venta de indumentaria técnica para esquí, aventura y trekking, y la idea también es vincularme con lo que es el turismo aventura. Así que arranco una etapa totalmente nueva en mi vida”, dijo muy sonriente.

“La verdad es que fue increíble cómo pegó en la gente la historia del colibrí, al punto de que me pasaron varias historias y leyendas. Juan Lahore, por ejemplo, me contó que en todos los países de Centroamérica el colibrí es un ave muy sagrada, y muchas otras personas me acercaron diferentes historias, como las de los indios guaraníes, para quienes el colibrí o mainumbí simboliza el recolector de almas, y cuando se aparecen en nuestro jardín es porque nos vienen a contar que las almas de los que amamos están bien”, destacó. Y también se sintió muy movilizada al contarnos que, en ese sentido, el colibrí representó una clara señal que la ayudó a liberar emocionalmente a su padre (ver recuadro parte, titulado “Sanando por dentro”).

“Cuando vi que voló me sentí realizada -expresó-, porque ayudé a que nuevamente fuese feliz. Ahora le estoy haciendo una especie de bebedero y comedero, por eso estoy buscando flores de colores que se venden en los viveros con ese propósito, ya que los colibríes no tiene olfato pero se guían por la vista y prestan atención a los colores”.

“Esto del colibrí y de ayudarlo a volar tiene mucho que ver con los viajes y también con soltar a Olavarría -sostuvo-, porque yo siempre fui de estar acá. Por eso para esta nueva etapa de mi vida espero la libertad absoluta. El Sur me atrapó. Bajé del avión y sentí como que había encontrado mi lugar en el mundo, porque me gustan las montañas, todo lo que tenga que ver con lo deportivo y los deportes extremos y de exigencia, porque siempre me gustaron las situaciones límites”.

“Me encantó compartir todo esto que me tocó vivir porque la gente también se movilizó, y en las redes sociales todos se prendieron a hacer comentarios bien positivos. Además, me alegró mucho que la gente se enganche con este tipo de cosas porque Facebook hoy, lamentablemente, se usa mayoritariamente para divulgar cosas muy malas, cholulajes o para reflejar un mundo de apariencias, por eso sentí que estaba bueno compartir estas cosas”, enfatizó.

El lunes 16 de enero fue el último día en que María Elena alimentó al colibrí y lo invitó a partir. “Estuvimos muy unidos durante 15 días, y ayer me pegó duro ir a buscarlo y no verlo, además a la noche volví y tampoco lo encontré. De todos modos me siento totalmente agradecida de haberlo podido ayudar, pero extraño el vínculo que habíamos construido. Fue una experiencia que me llenó de amor, y que en muy poquito tiempo me hizo sensible a un montón de cosas”, dijo por último.

¿Te gustó la historia? Gestos así, como los de María Elena Giaquinta, que están llenos de bondad, amor y compasión, son los que causan una verdadera revolución consciente, que a todos nos ayudan a reconocer la importancia de servir, centrados en el corazón, para que nuestros días se vistan de fiesta. Por eso es que, desde Está Bueno, animamos a que todos realicen a diario algún pequeño gesto que los ayude a sentir la belleza inesperada de la vida, que se oculta tras las más diversas situaciones, para que dejemos aflorar nuestras emociones y sintamos el poder que late dentro de nosotros, que tiene el increíble poder alquímico de embellecer al mundo.

El juego de la vida es así, bien mágico, movilizador y sorprendente. A veces hace que un colibrí, una mariposa, una abeja o la letra inesperada de una canción lleguen hasta nuestro corazón para que se abra e interprete el lenguaje de las sincronicidades, las señales y la intuición, y de ese modo sintamos que, juntos, vamos remontando vuelo : )

(Fotos: Tomás Pagano)

P.D.: De esta manera, María Elena Giaquinta fue documentando la evolución del colibrí que socorrió.

P.D.1: También dejó registro por medio de estos breves videos.

 

 

 

 

 

P.D.2: Los colibríes (Trochilidae), también conocidos como picaflores, zumbadores, pájaros mosca o ermitaños, cuentan con más de 300 especies realmente muy hermosas. Acá te dejamos algunas imágenes para que tus ojos desborden de belleza : )

(Fotos: Google + Pinterest)

P.D.3: Acá podés leer algunos de los tantos comentarios que recibió en Facebook por su hermosa acción.

 

P.D.4: Entrá a “Colibripedia” y descubrí cómo hacer para atraer los colibríes a tu jardín.

P.D.5: El SACC (South American Classification Committee) considera a los picaflores como una familia dentro del orden Apodiformes, aunque también hay quienes los encuadran dentro del orden de los Trochiliformes.

(Clickeando sobre la imagen se puede acceder al sitio web).

 

 

 

P.D.6: Si el tema te resonó, te invitamos a sentir “Un pedido muy especial” (Clickeando sobre la imagen se accede a la nota).

P.D.7: Nunca te olvides que la suma de los pequeños gestos es lo que, a larga, hace la gran diferencia : )

 

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2 comentarios

  1. moica

    me encanto y me emociono muchicimo la historia, encierra un mensaje de profundo amor y de soltar a las personas que mucho amamos y perdimos fisicamente, felicitaciones

  2. Ricaud Juan

    Hermosa historia. Suerte María Elena, tengo muy buen recuerdo de tu persona junto a mis hijos Ivonne, Diego y Juan Manuel, en la época de Oro de la natación en el Club Estudiantes.

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