Sonriéndole a la vida

Mientras muchos le ponen fajas de clausura a sus corazones para no sentir, y el mundo se va llenando de la basura que todos tiran sin detenerse a ver si lo que descartan se puede reutilizar, hay gente que va sonriéndole a la vida, gente que va sintiendo y se mueve sin las ataduras del dinero ni el temor al qué dirán. ¿Acaso son locos? Son soñadores, constructores de un mundo más humano que alumbran con su risa y van sembrando la Tierra con un mensaje de esperanza. Hoy te vamos a presentar a Cristian Bulant, un escultor autodidacta que enciende su luz interior para ver en lo que otros desechan la oportunidad de transformarse y crecer, mientras alienta a que más personas también reciclen y se animen a crear dejando volar sus dones y talentos.

Desde hace tiempo, de tanto en tanto nos cruzábamos con un muchacho que andaba muy feliz en su triciclo, llevando en un canasto grandes obras de arte y carteles tallados a mano que luego desplegaba sobre el veredón de la calle Vicente López, junto a la Iglesia San José. “¿Qué actitud tiene este flaco?”, pensábamos al verlo pasar siempre sonriendo, con sus ropas coloridas y el pelo peinado según las ganas del viento. Sentimos que estaría bueno hacerle una nota, pero no lo volvimos a ver.

No sabíamos su nombre, ni dónde ubicarlo. Tampoco estábamos enterados de que era uno de los autores de la figura que está enclavada en la rotonda de las Avenidas Del Valle y Pellegrini. Sin embargo, en el reciente evento de “Cultura Viva”, mientras le estábamos haciendo una entrevista al muralista porteño Alfredo Segatori, escuchamos que alguien dijo, con voz fuerte y tono alegre: “Veo que les está faltando algo, así que se los traigo”. Era Cristian Bulant, quien se acercó muy contento para convidarles mate a los graffiteros que estaban dándole color a la palabra “Arte”, en la esquina de Dorrego y Cerrito.

Como se había cortado el pelo, en un primer momento no nos dimos cuenta de que se trataba del mismo muchacho que no sentía vergüenza de sentarse en la calle a mostrar sus obras. Grande fue nuestra sorpresa cuando, a poco de cruzar unas breves palabras, nos enteramos de que también estaba participando como expositor en el evento de “Cultura Viva”. Así fue como agendamos su teléfono.

Cuando lo llamamos para pautar la nota nos dio risa su respuesta: “La dirección es Moya 1389, entre Rendón y Cortés, enseguida se van a dar cuenta porque en la puerta tengo el caballo atado”. Y era cierto, a pocos metros de llegar a su lugar de trabajo un gigantesco caballo criollo, hecho con hierros y metales de descarte, anunciaba con su estoica presencia que ahí vivía el artista que fue capaz de darle vida a base de talento y creatividad.

El caballo no estaba solo. En la vereda también había un colorido avestruz, cuyo plumaje estaba hecho con asientos de bicicleta. Además había bancos construidos con respaldares de camas y con restos de autos, y varios metros de cable negro están entrelazados formando un hermoso ovillo que oficiaba de adorno. En medio de algunas de sus obras, encontramos a Cristian con la soldadora en mano, fusionando una bomba de agua y un balde metálico para armar una excéntrica mesa de luz.

Ni bien no vio, sonrió y salió en busca de la pava y el mate. Mientras tanto nos quedamos mirando cómo se las había ingeniado para hacerle una protección a su jazmín, empleando una rueda de bicicleta y alambre de gallinero. Todos los objetos que nos rodeaban parecían estar felices de tener una segunda oportunidad de sentirse útiles, quizá por eso cada creación que descubríamos nos dibujaba una sonrisa.

Como el cielo estaba muy gris y casi a punto de llover, decidimos que lo mejor sería hacer primero las fotos. Cristian no lo dudó ni un segundo cuando le preguntamos si se podía subir al caballo: “Mirá, sácame así, como si fuese San Martín pero señalando para el otro lado”. Sus 43 años no eran impedimento alguno para que su niño interior jugase frente a la cámara. 

Ya con las fotos aseguradas, quisimos saber cómo fue que se inclinó por la vida artística, por eso le pedimos que, a grandes rasgos, nos contara cómo había sido su infancia. “Soy nacido en Olavarría, y tengo dos hermanas, Florencia, que es mayor que yo y vive en Estados Unidos, y Laura que vive en Neuquén. Mi papá Juan Carlos, que ya falleció, siempre fue obrero de fábrica; él era loco y laburante, yo salí loco nomás” dijo con una gran carcajada.

“Tuve una infancia muy feliz -rememoró-. De chico tenía mucha energía, era bastante inquieto y también un poco vago, pero me crié en un contexto sano. Me gustaba jugar en la calle con los autitos de goma, armar barriletes, jugar a la bolita, y hacer todas esas cositas bien de barrio que ahora casi ya no se ven”.

Su primer trabajo vino junto con una lección que le dio su padre. “Me acuerdo que el último viernes de clases, justo cuando estaba por egresar de la primaria, mi  papá me subió a su Falcón y me preguntó: `¿Vos qué querés, trabajar o estudiar?´ Yo le respondí que quería trabajar. Así que me llevó por la ruta 226 hasta donde estaban construyendo unos silos y al día siguiente, a las cuatro de la mañana, comencé a ir solo, en una bicicleta con canastito de chapa, hasta ese lugar. Mi papá me había puesto en la bici una bolsa de arpillera con tuercas, arandelas de goma y arandelas de chapa, y el laburito mío consistía en llevarlas y dejarlas preparadas para que cuando a la mañana temprano viniesen a armar los silos las tuercas estuviesen listas. En esa época a los chicos no nos daban plata, por eso cuando después de la primera semana de trabajo me dieron un cheque por lo que había hecho, lo primero que hice fui ir hasta el almacén a comprarme algo. Recuerdo que en esa época había salido una leche saborizada, y el cheque sólo me alcanzó para eso y un paquete de galletitas. Así que ni bien salí del negocio mi viejo vio que yo tenía una cara de enojado bárbaro, porque lo que había cobrado no me había alcanzado casi para nada”.

“Esa fue la lección de mi papá -destacó-, él quiso mostrarme, de una manera bien palpable, que estudiar era más importante. De todos modos, cuando volvió a preguntarme si quería trabajar o estudiar, mi respuesta fue la misma, porque era muy porfiado”.

“Yo no soy muy bueno para las cronologías, pero si mal no recuerdo desde los 14 hasta los 18 años estuve viviendo un tiempo en el campo. Esas cosas te van quedando y en algún momento aparecen. Para los paisanos era un pueblero y para los puebleros un paisano. Ahí aprendí a enlazar, a andar con las vacas y también aprendí a cuerear”, mencionó.

“Ya más de grande, a los 18 años, me dejé el pelo largo, usaba borcegos y me gustaba la música heavy metal, pero no por ello descartaba los otros géneros musicales. Por ese entonces aún no había tenido contacto con el arte, y salí a buscar trabajo luego de que mi mamá entró a mi pieza, con los ruleros puestos, me tiró el diario encima y me dijo que saliera a trabaja. Así fue como conseguí laburo en el Parque Industrial, donde aprendí a soldar y a relacionarme con los fierros”, comentó.

El movimiento repentino de una de sus manos nos distrajo de su relato, y sin querer lo interrumpimos cuando vimos el tatuaje que tenía en su antebrazo izquierdo. “Este tatuaje es como si fuese el primer boceto de lo que luego se transformó en la obra de arte que está en la rotonda de las avenidas Del Valle y Pellegrini. Esa creación, llamada `Vínculos´, formó parte de un proyecto que, con Marián Angeletti, presentamos en la municipalidad. Juntos logramos que en la rotonda se hiciera realidad esa escultura urbana”.

“Lo que hicimos representa dos personas entrelazadas -destacó-. Es una escultura que sale de lo convencional y tiene color porque como Olavarría en líneas generales es una ciudad muy gris, nosotros queríamos darle algo que nos saque de esa monotonía y nos recuerde que los vínculos son esenciales para evitar la pérdida de los valores que nos hacen más humanos. Hoy estamos viviendo una realidad bastante heavy y eso es básicamente por la pérdida de los valores humanos, de ahí la importancia de fortalecer los vínculos y poner en práctica aquellas reglas de oro que son simples, pero muy valiosas, como el amor al prójimo, el no hacerle al otro lo que no te gusta que te hagan o aceptar a los demás tal y como son”.

“Ese tipo de cosas que te menciono son reglas básicas que trato de aplicar en mi día a día -acotó-, pero siempre teniendo en cuenta que el que primero debe cambiar es uno, por eso en cada uno de mis viajes lo que siempre traté de hacer fue fortalecer la conexión con mi yo interno, para aprender a vivir la vida de la mejor manera posible, tratando de hacer mi aporte como motivador para que cada uno se anime a hacer lo que siente, porque todos tenemos algo que aportarle a la vida. Por eso, en cierto modo, con lo que hago busco que otros digan: `Si este loco lo hace, ¿por qué yo no?´ Esa es un poco la idea que hay detrás de mis trabajos”.

Retomando el relato sobre los pasos previos que lo llevaron a transformarse en escultor autodidacta, Cristian mencionó: “Siempre fui muy curioso y me caractericé por no estar mucho tiempo en el mismo trabajo. Entre las muchas cosas que hice, fui vendedor ambulante de bizcochos, hice trabajos de jardinería, trabajé con explosivos en las canteras, fui repositor de Casa Tía, también trabajé en la joyería Luna, previo paso por la Escuela Municipal de Orfebrería donde aprendí a calar, y después me fui a trabajar como ayudante de yesero”.

“Cuando tenía 19 años me enamoré y a los veinte y pico me casé. Tuve un hijo, que se llama Nahuel, y mi vida se transformó en algo mucho más estable. Con mucho esfuerzo levanté mi propia casita, pero hasta ahí aún no me había volcado al arte”, mencionó.

“En el 2003, un domingo después de haber laburado todo el día, llegué a mi casita y mi esposa se había ido. Ese día me senté afuera, en el patio, y ahí comenzó mi búsqueda interna. En ese momento me reproché de qué servía tanto laburo, porque de chiquito a uno le enseñan a agachar el lomo, cumplir órdenes y no pensar, pero todos tenemos dones y talentos en la vida, y está bueno que uno los pueda desarrollar”, destacó.

“A esa altura de mi vida ya hacía tallas chicas en madera, a modo de hobby, y me gustaba trabajar con las manos de manera creativa. En ese contexto, como soy muy sensible y estaba mal por la separación, decidí hacer mi primer viaje a Chile, y cuando pasé por Viña del Mar tuve la suerte de poder vender en la calle una de mis primeras esculturitas, y con eso me pagué el alquiler de dos meses en un departamento a tres cuadras del mar”.

Cuando todo parecía comenzar a encaminarse, tres meses después de haber partido a Chile, un llamado inesperado de su madre lo hizo regresar a Olavarría. “Por una circunstancia que prefiero no mencionar, cuando vine pasé por un cuadro de depresión tan grande que me costaba encontrarle sentido a la vida -dijo-. Recién en el 2006 pude salir a flote, cuando me fui a trabajar a Puerto Madryn a una metalúrgica. En ese trabajo se ganaba buena moneda, pero un día, durante el almuerzo, un compañero de trabajo me dijo que en el Chaco había un encuentro de escultores, donde los artistas hacían obras con motosierra sobre troncos gigantes. Lo que me dijo me entusiasmó tanto que me dieron ganas de ir. Yo nunca había utilizado una motosierra y tampoco tenía una, así que llamé por teléfono a mí papá para que me comprara una que fuese eléctrica, porque yo no sabía nada de motores, y le pedí a mi patrón que me diese dos semanas de vacaciones para poder viajar al evento, ya que tenía que irme desde Madryn hasta el Chaco”.

“Mi patrón me explicó que sólo podía darme una semana porque estábamos muy tapados de trabajo, así que no lo dudé y presenté la renuncia. Con ese trabajo podía haber hecho una diferencia económica, pero preferí hacer lo que sentía. Así que con lo que me pagaron compré regalitos para todo el mundo, pasé por Olavarría a buscar la motosierra que le había encargado a mi papá y seguí viaje para el Chaco”. Lo gracioso de su relato estaba en que Cristian nunca había participado de un evento de tal magnitud como el que se haría en el Chaco, tampoco tenía experiencia alguna en hacer obras grandes sobre troncos y jamás había manejado una motosierra. Encima, cuando llegó a Olavarría, se enteró de que su padre le había comprado una motosierra a nafta, en vez de una eléctrica como le había pedido. Así y todo, no lo dudó y sin desenfundar la motosierra se encaminó hacia el Chaco, siguiendo su sentir.

Cristian desconocía que al evento al que se dirigía era la Bienal Internacional de Esculturas. Cuando llegó se sorprendió. “Había representantes de Rusia, Japón, Estados Unidos, había gente de todas partes, porque participaban 20 equipos argentinos y otros 20 equipos de distintas nacionalidades. También había 20 equipos más, de tres integrantes cada uno, conformados por chicos de todas las escuelas del país que concursaban por el premio `Desafío´, que implicaba hace una escultura en menos de 48 horas. Yo fui solo, con mi motosierra recién comprada y dije `Hola, soy Cristian Bulant, de Olavarría, y vengo a participar´. El evento se realizó en un lugar muy grande, como si fuese el Club Estudiantes, que estaba todo cercado. En la parte de afuera estaban los artesanos, y en la parte de adentro los escultores. Los artesanos me brindaron un lugar y me ubiqué como si fuese en la entrada, y en una mesita había puesto mis esculturitas que había llevado, y luego fui hasta las oficinas de la Fundación Urunday, que organizaba el evento, donde muy amablemente me sacaron a patadas porque el encuentro era como si fuese el Festival de Jesús María, y para llegar hasta ahí tenía que previamente haber ganado algo”, citó.

“De todos modos, como soy bastante porfiadito, no me quedé con el `no´ y al día siguiente tuve la posibilidad de hablar con Fabriciano Gómez, que es uno de los ideólogos de ese evento y me preguntó qué era lo que quería. Yo le respondí que quería trabajar, entonces él me propuso que participara como aficionado y me dio un tronco gigante para que pudiese hacer mi obra. De tan grande que era el tronco me ponía a caballito y las patitas me colgaban. Y así fue como me fui haciendo amigo de otros escultores que estaban ahí, y con la ayuda de ellos aprendí a usar la motosierra nuevita que había llevado, ya que no sabía ni arrancarla. Algunos de los artesanos que me ayudaron eran bastante humildes, por eso, si bien sabían cómo se utilizaba, no contaban con una motosierra. Así que la usábamos un ratito cada uno. Yo con mi tronco hice una especie de esfinge, con cara de león, pero no la terminé porque una de las cosas que más hice en ese evento fue conversar, porque había mucho por aprender, dado que recién estaba empapándome sobre cómo era el asunto”, dijo sonriendo.

Después de ese concurso, Cristian se quedó tres meses viviendo en el Chaco, y eso le permitió conocer un poco más sobre la idiosincrasia de los lugareños. “Haber participado de esa bienal fue muy importante para mí, dado que me llevó a hacer un click interno, porque, al verme como si fuese un expositor más, las personas venían y me contaba sus historias. Y en varios de los relatos encontré algo en común que me hizo tomar conciencia sobre la importancia de no traicionar lo que se siente y el aprender a ser constante en lo que se quiere emprender”.

“Una persona se acercó y en medio de la charla me dijo: `No sabés, cuando yo era joven pintaba como loco, pero después la vida me fue llevando por otros caminos y no lo puede hacer más´. Después vino otro y me dijo: `Yo antes hacía esculturas, pero no pude continuar realizando lo que más me gustaba”. Fueron varios los que me contaron no habían podido seguir haciendo lo que más querían. Por eso ahí sentí que yo no me iba a quedar con el `me hubiese gustado´, y recién en ese momento me di cuenta de que lo que yo quería era hacer esculturas. Fue como si mi norte se comenzara a clarificar, así que primero me incliné por los trabajos en madera y me fui anotando en otros concursos, y con el paso del tiempo también fui probando con otros materiales y diferentes tipos de herramientas”, subrayó.

Cristian no reniega de su pasado. Al contrario, sabe que todo lo que le tocó vivir fue por algo. “Al principio de la charla te dije que siempre había sido muy inestable y que fui cambiando mucho de trabajo, pero gracias a todo eso que fui viviendo pude aprender a hacer muchas cosas. Por eso lo que me faltó de estudio lo incorporé a través de las vivencias, y eso es lo que hoy me permite crear con aquellas cosas que muchos descartan”.

Sobre ese punto también sostuvo que “antes las cosas duraban más, pero ahora se las fabrica como para que se rompan, y eso genera mucha basura, por eso está bueno que la gente aprenda a reutilizar los objetos. Es importante que la gente recicle, porque de esa manera la basura contaminante se reduce y se pueden crear nuevas cosas. Ese caballo que ves ahí parado, por ejemplo, en cierto modo estaba tirado en la calle. La gente que pasó no lo vio, porque sólo miró que había restos de metal, yo sí lo vi, porque miré con otros ojos. Yo busco no encasillarme haciendo lo mismo, por eso con cada material nuevo que se me presenta intento hacer cosas que sean creativas, de manera que una obra se diferencie de la otra”.

A su modo, Cristian fue dando pasos que le permitieron ganar en confianza, y para continuar aprendiendo viajó por diferentes lugares durante cuatro años, uno de los cuales lo pasó en la selva misionera.

“Poco a poco me las fui ingeniando para poder ir viviendo de lo que me gusta -destacó-, que es hacer esculturas y volcarme al arte, pero en ese andar fui viendo que muchas personas no hacen lo que quieren porque se sienten imposibilitadas por la parte económica. Yo no tengo ese miedo. De todos modos reconozco que no es fácil sostenerse, porque ese caballo me llevó tres meses hacerlo y hace un año que lo tengo a la venta. De todos modos reconozco que si en este caso uno se mueve sólo por el lado racional no debería hacer nada de esto, porque no es algo rentable o al menos no es rentable del modo en que yo lo hago, ya que no soy buen negociante y no cobro bien mis trabajos. Quizá esto que me pasa a nivel económico sea porque tampoco soy bueno para exponer o manejarme con las publicaciones de Facebook. De todos modos, decidí que esos no serán obstáculos sino lo pendiente a mejorar, porque yo no creo que este camino que emprendí lo vaya a dejar. Lo seguiré cueste lo que cueste”.

Ya que estábamos hablando sobre las dificultades, como en Olavarría siempre hay gente que está dispuesto a colaborar, le pedimos que nos contara también sobre sus necesidades: “Una de las cosas que ando necesitando es un lugar más amplio para poder trabajar y donde tener mi tallercito, para desarrollar todas mis ideas, porque acá tengo muy poco espacio para acopiar materiales”.

También mencionó que quienes quieran colaborar acercándole insumos como electrodos, discos o alguna herramienta de trabajo también pueden hacerlo. “Andaría necesitando un compresor, pero como todo suma, que la gente que así lo sienta me acerque lo que quiera que yo estaré más que agradecido -indicó-. También pueden colaborar comprándome el caballo o encargándome trabajos así con eso me puedo comprar una camionetita para recolectar materiales que la gente descarta y puedo moverme con las obras por toda la ciudad. Por ahora me muevo con `La Cleta´, que es una bici que armé, a la que le anexé un carro, y con eso me las arreglo”.

“No tengo miedo a innovar, ni tampoco miedo al `qué dirán´, ni a enfrentar los desafíos -sostuvo Cristian-. Por eso no me siento encasillado a cumplir con muchas de las cosas que socialmente se esperan, como el vestirse de una determinada manera para ser aceptado. Cuando estaba en el veredón de la Vicente López la gente me miraba raro, pero yo siempre estuve en mi mundo y nunca me molestó lo que pensaran los demás, porque soy una persona segura de sí misma, y busco ser bien transparente y auténtico. Yo me siento muy bien haciendo lo que hago. También siento que la vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa, por eso quiero aprovechar esta oportunidad y decirle gracias a todas las almas que se cruzaron en mi camino y le dieron forma a este sueño de transformarme en escultor”.

Sabiendo que varias ciudades se destacan por sus obras, en otro pasaje de la entrevista Cristian también señaló: “Me gustaría que Olavarría tenga más esculturas, por eso presenté en la municipalidad un proyecto para poder hacer la galera de los Emiliozzi. A mí me gustaría que nuestra ciudad se destaque por su arte. Muchas son las localidades del interior que están volcándose al arte urbano para embellecer los espacios públicos y también para que el color esté presente en las calles, y eso es algo que acá también se podría impulsar, tal como se hizo con el puente `Lucio Florida´, porque hay muchos artistas que de corazón se sumarían para que Olavarría esté más aún más linda”.

“Si bien ya llevo 13 años en este camino, por medio del arte aún sigo en la búsqueda. Una búsqueda que me ayude a conocerme cada día un poco más, porque para mí en la vida está bueno poder hacer lo que uno quiere. También está bueno poder desarrollar nuestros dones y talentos, y así crecer como personas. Y para eso se necesita que desde chicos, en la escuela y en el hogar, nos enseñen, entre otras cosas, a que podamos darle aire a nuestra creatividad y se nos animen a dejar fluir la imaginación” sostuvo.

Aprovechamos y también le preguntamos qué otras cosas sentía que estaban buenas. “También lo que está bueno en la vida es sentir amor, porque el amor es algo esencial que debería estar en corazón de todas las personas, tanto el amor por lo que se hace, como el amor que te permite estar bien con uno mismo y con las demás. En mi caso, gracias a Dios, estoy muy enamorado de Daniela, y eso me cambió la vida”.

“Si tuviésemos que definirte, cómo te gustaría que lo hagamos”, le dijimos: “Como escultor autodidacta” mencionó. A lo cual le agregamos que desde nuestra perspectiva, por verlo trabajar de manera tan entusiasta con distintos materiales, para nosotros era un “escultor todoterreno”, y sonrió.

“A mí lo que me gusta es que la gente venga con ideas innovadores que les gustaría hacer realidad, como el hecho de hacer una escalera con formas no tradicionales. Por eso siempre digo, a modo de broma, que para hacer las escaleras de hierro están los herreros, para las de madera están los carpinteros, y para todo lo demás estoy yo. Así que todo aquel que tenga alguna idea loca que quiera materializar puede venir a verme acá, a la calle Moya 1389, o llamarme (al 2284-15363462) que enseguida le vamos a encontrar una solución”, dijo por último.

Nos quedamos un rato más admirando sus creativas obras y compartiendo unos ricos mates amargos, pero finalmente nos fuimos porque se largó a llover. Nos llevamos bien adentro el eco de su sonrisa constante, y sus interminables ganas de jugar con la imaginación, como si fuese un niño, para que lo que otros descartan se transforme en obras de arte y en cosas útiles, como sillas, bancos y mesas que llaman la atención.

Estábamos contentos, habíamos conocido al extraño que de tanto en tanto veíamos pasar con sus obras, sonriéndole a la vida, mientras el viento lo peinaba a su antojo. Ahora sabíamos, entre otras cosas, que ese muchacho, con pinta de bonachón, es autodidacta, tiene una bici a la que llama “La Cleta” y hace su aporte cotidiano para que otros reciclen y también se animen a dejar volar sus dones y talentos. Ojalá que la vida le devuelva, multiplicado con creces, todo el amor que siembra por medio de sus obras.

Esta fue la colorida historia de Cristian Bulant, el escultor todoterreno que enciende su luz interior cada vez que renueva el mágico compromiso de continuar haciendo lo que siente.

(Fotos: Tomás Pagano)

P.D.: Acá se lo puede ver junto a Marián Angeletti, mientras hacían la obra “Vínculos” : )

P.D. 1: Estas son algunas de las creaciones de Cristian. En su página de Facebook menciona que hace trabajos de ambientación, decoración y diseño de interiores. También explica que realiza muebles, sillones, bachas, mesas, bancos, banquetas y luminarias, en diferentes materiales, tales como hierro, cemento, madera y materiales reciclables. “Son diseños novedosos y exclusivos” destaca.

P.D. 2: Cristian fue uno de los que no dudó en sumar su aporte para colorear el puente “Lucio Florinda” junto a Segatori.


Cristian Bulant. (Fotos: Tomás Pagano)

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